domingo, 26 de agosto de 2012

Alberto Girri



El dormir que lleva al poema,
no toca los ojos, encerrándose
hasta no distinguir
el verde del azul,
el blanco del rojo,

no se detiene en sueños,
de sobresaltos, expectativas, los hermosos,
falsos por hermosos, los desagradables,
veraces por desagradables, los de cruzarse
con ecos de la vigilia,
resaca, palabras envenenadas;

es el sosiego
de tu atención, que bruscamente
rompes para alzarte, llamado
a lo que pulula afuera, ni tembloroso
ni anhelante escrutar: una garza
de pantanos, su grito
al quebrársele una pata,
advertencia de que alguien
está por morir, y una luna
sin eclipses, entera
derramándose en el llano.

                   El poema
desprendido de la visión,
y del que no podrás
explicar, sólo ofrécelo, y ofrécelo
en homenaje a lo recibido,
pero no su enigma, así como
un bebedor no penetra en su vino,
lo bebe,
pero no sabe qué es,
además de áspero y seco,
subido de color.



(...)


Diafanidad que hace
válido cualquiera de los asertos
de nuestra mente,

                   el que propone
majestuosos unicornios
corriendo en los médanos, el que afirma,
mezclados con unicornios,
de tigres blancos, remisos
a comer presas vivas;

                   o de signo contrario, realistas
llamados el orden:
         “...nunca se conoció
época alguna donde la mitología
fuera posible...”,

                   y de cuya certeza,
acostados, fijos a la playa,
recogemos pruebas: cómo en los fulgúreos
cuerpos que arroja la marea
no reconocemos ni un solo cabello
de Venus engendradas por las olas, y en las rocas,
apostaderos de sirenas, ni cuerpos de pájaros
con cuello de mujer, cola de delfín, ni alas ni uñas
para el amor, saqueos,
naufragios;

                   ¡apenas un golpe
de fábula, vivo e instantáneo,
cuando el vientos amplifica
el rumor de las bañistas
y nos llega en corales,
ensordece como graznidos,
son graznidos!



   Hasta el alba


Apenas el durmiente
corta sus vínculos,
búhos y rapaces, en hilera,
de la ventana al lecho,
sin articular cantos, silbidos,
lo alcanzaron.

El ahogado, abominable
trabajar de los picos
le extrae, hace una masa
con sus altos y bajos
y trágicos sueños,
y en el tumulto sueña
que despierta aferrando,
devorándolos él,
los pájaros que se le asemejan,
el pelícano del desierto,
el habitante solitario
de los tejados.

cuando todo cesa
vacío sentirá su estomago,
como el del que tiene hambre y sueña,
y le parece que come,
y se hallará cansado, sediento,
como el que tiene sed y sueña,
y le parece estar bebiendo.
“Durante la marea baja”

 


Mejor que el antílope
de cuernos rectos, supremos
y gentiles en el combate, y el crótalo
accionado con el mortífero
rayo de los ojos, sabe el cangrejo
que en el acto del amor
la gratificación es precedida
por la dificultad.

Conoce, mejor que la polilla
experta en vuelos evasivos, y la araña
que arma trampas, enlaza víctimas, y las abejas
condenadas a una suerte
de danza invariable, que la urgencia del que elige supera a la del elegido.

Mejor que ninguno
procura imponer
los méritos que lo hacen deseable,
y furiosamente lustra su blanca pinza
alzándola para atraer a la hembra; la dama
que se pasea entre las rocas, su condesa de Castiglione,
cisne del mar, mañoso y cruel,
algo devorador y algo inasible
sobre quien el cangrejo porfía
y queda exhausto.



   De la vida doméstica

 


Quien,
tras apelar a la estricnina
la desecha por temible
arma de doble filo, exterminadora
de roedores pero también
de compañeros de hogar,
útiles presencias,

y quien sueña
rehabilitar a los gatos,
devolverles su anárquica
ferocidad, aletargada
bajo blandas manos,
asépticas comidas.

Quien,
adquiriendo versación en drogas
que provocan derrames internos,
asegura la mortalidad
de varias generaciones,
hasta que ve agotar su eficacia, drogas
que pasan a la condición de estimulantes
del apetito de las grandes ratas,

y quien, inocente o descabellado,
predica sustituir los gatos
por serpientes, mangostas,
y es pagado con irrisión, el fracaso
de que nadie se pliegue a convivir
en bodegas, sótanos, graneros,
con tan peculiares cazadores.

Y quien
enciende el estupor, aterroriza,
con la precisión de sus cálculos,
anunciando que cada rata, imperturbable
dueña de la vida como propósito
que ninguna intimidación aplacaría,
sigue afanada en extraer de sí
doce crías anuales,
a razón de diez
ratitas por camada.