domingo, 26 de agosto de 2012

Jacobo Regen



      Elegía


I

Íbamos juntos, madre,
por una calle extraña
de una ciudad desconocida.

Los fanales temblaban
bajo la lluvia, iluminando rostros
que nunca vimos antes,
que no vemos ahora.
                            Nos miraban.
pero no lo advertíamos...

Con el dolor en alto –que fue el único
laurel para tu frente -,
me absolvían el desamor,
de la distancia
que puse entre tus sueños y mi vida.

II

Yo no miro este cielo.

En cada nube, en cada gajo de inmensidad,
hallaría un reproche
que desde el fondo de tu ausencia viene.

Porque de pronto escucho tu voz, tu vos lejana,
tu silencio,
y un sobrecogimiento de infinito tiembla en mi corazón.

Tú, sin embargo, me perdonas.
Y sigues, en mis sueños, envolviéndome
con tu mirada pura llena de luz sin fondo.
¿Por qué –me digo ahora-,
por qué llega el amor cuando la rosa
sus cenizas esparce al firmamento?

Cuando se corporiza en el delirio
lo que vimos pasar como una sombra,
ebrios de nuestra muerte.

III

Envuelta en una música doliente
llegas a mí, de lejos, madre mía.
Y aunque no cantes tú, la melodía
vibra en mi corazón, llora en mi frente.

Pueblas mi sangre silenciosamente
y, al prolongarte en mí, soy tu agonía:
raído azogue, remembranza fría
de tanto amor y tanta luz ausente.

Madre, mi soledad a ti se aferra.
Nada me habita como tu recuerdo
por la infinita sombra iluminado.

Protégeme en las lindes de la tierra
donde sin causa ni razón me pierdo,
donde ya ni conmigo me he quedado.



     El miedo


Quiero un final feliz para esta hazaña:
quiero que nunca empiece.
No sea que de pronto
caiga el volatinero con su copa
y no podamos retener
ni un trizado cristal.



      Palabras


Sólo te pido que recuerdes
la luz de aquel amanecer
que hemos amado tanto.
He derrochado contigo
tantas palabras que creíste ciertas,
que palpitaban,
que vivían.
Y amé en ti mis palabras.
Cuando dejé de amarlas te perdí.