jueves, 30 de agosto de 2012

Mirta Rosenberg


       En el momento de nacer


En el momento de nacer, poco más tarde,
no hubo sentidos revelados. Lo auspicioso
de ese día fue una luz de neón, perecedera,
incandescente, enrarecida, dibujando el signo
de la palindromía –Madam, I’am Adam- más perfecta
en otro idioma y más sombría
que dominar los sentidos. El relfejo
intermitente tornó inútil el espejo. El reflejo
intermitente tornó inútil el espejo; demorado, ¡ay!
el círculo callado, sorprendido,
de los cuerpos que buscándose se evitan
en el calor de lo íntimo. ¡Haber nacido
bajo ese signo! Haber nacido. A diario
el tedio vuelve del revés el derecho natural,
y el asedio es del sitio de lo mismo:
Al no desear, me muero. Quiero a ese pájaro
de mal agüero, al que amenaza Mad am I
con énfasis vital y tanto élan... Madam, ¡ay!,
perdamos tiempo si todo está perdido, hablemos
trivialmente del paso, del abismo.


         No tengo arte


No tengo arte. El arte de una amada
es ocultarlo tras el cuerpo. Este poder,
decía, es un espectro. Porque amo soy,
esclava y gozne de ilusión, insomne
que abrirá, tras el jardín, la cerca.
Atrás nardos, ciclámenes, violetas: se completa
la guirnarla, y aquella drapeada,
cuando era bella. ¿Aquel amada? ¿Recuerdas?
¿Tuvo otra casa, ella? ¿Otro jardín, y cerca?
Tantos abrazos. ¿Gemía acaso “no tengo arte”
cuando observaba, erguida en falso,
lo fatal del lazo? Su parte era ser bella,
misteriosa por demás, urdida sobre sí
como celdilla de un panal desalojado. Las abejas,
en otro lado y tiempo, finito, para espiar
por la mirilla. Esta mujer, decía,
admiraba la traición y la insuflaba en peso.
Ese, digo, yo, sería su exceso. Cada movimiento
de su voluntad un átomo duraba, que volvía
con tiento a la materia irreal del tiempo.
Allí cabía verdad, olvido, igual, ausente.



      Atropelladamente


Atropelladamente, con el mismo fuego
enciende un puro y hace arder
la confusión. Desafía
a la engolada compañía pero es
la víctima y pide perdón, pues
en verdad no deseaba ser desagradable.
Líneas de fuerza, a su alrededor,
se cruzan en pos de lo imposible pero
pasan, y a un gesto de sus manos todo
se derrumba. ¿Apretó donde había aire?
¿Pero? ¿Acarició a nadie? Fue rechazada, no basta. Parece
achicarse porque debe reducirse
a la derrota, o admitir que ya estaba perdida
de antemano, o explorar los resquicios
de la propia trampa y pasar por ahí,
inconquistable y sin haber conquistado
a quien podría haberla hecho más alta.
El deseo regula la estatura y es un decir
que una ama en proporción a su tamaño:
a tanto daño, o atadura, igual querella.
Ni siquiera queda olvido, y ya ha perdido
la idea que dice que a su lado
está aquél a quien amar más que a ella misma.
Quien es ella, no contesta, no se explica.
De este modo, cualquier cosa
se complica, y por mentira que parezca,
no es lo hecho lo que está equivocado,
sino aquello en lo que uno se convierte tras
hacerlo, y sigue sola. Mientras tanto,
estoy equivocada porque pido
pensar en una cosa, y no me atengo
a lo que pasa. ¿Qué pasa?
“Piénsalo todo” (Mme. von Batmann en voz alta),
“bueno, malo, indiferente, todo, y todo házlo, házlo”.
Si una se atiene a lo ya hecho, conviene admirar
la vida de los santos, contemplarla. O esperar
entre uno y otro pensamiento, a que se vayan:
comprender para no caer, para caer, para nada
que se mida en esta vara. No soy la acacia,
soy la que habla desde la rama: -No quiero
ser otra- dice. Sólo quería estar cerca, añado,
mirando al tigre roer sus garras. (If you
do not tell the truth about yourself,
me  han recordado, you cannot tell it
about other people). Por eso, volvamos
al relato: sombrero negro, ladeado,
y en los ojos, desgastado, el uso
del instante. Ha pasado el rato
y ha pasado, de virgen que fue,
en desacato, a madre sin que sobre,
a los cuarenta, velada la mirada, el ardor
de la insolencia: las piernas cruzadas
y la trémula herencia de una llama.
Pasión, piedad, paciencia, reclama un literato
que sabía que la pasión no es jamás proporcionaba
y así mismo, resulta necesaria. Quería cerca,
añade, añado, porque esa energía era mi falta.
Salta del lugar y su copa se derrama:
¿desea quien sabe que desea, con el cuerpo,
aquello que no habla? Está de pie, abriendo
una ventana: -¿Qué habrá que dar a cambio?
¿Visión, verdad, prudencia?- No sabe dónde
está parada y sólo puede seguir a su nariz,
donde la lleve. No ha perdido el sentido
que la pierde. Camina en vela, desvelada,
se revela acorazada pero frágil: cambiar de persona
no es fácil y naufraga en la cresta de la ola.
El lugar para llegar, en ella, sola, sería
el sitio mismo donde estaba. Si vive separada
de la vida por la espera, persigue otra salida
(“Vuelve a mí cuando quieras”. Mme. von Bartmann
lo decía, “pero hace una buena mujer”),
otra celada.



         El deseo convive con el pasado


El deseo convive con el pasado: yo paseo
por un costado. Miro los peces -¿japoneses,
africanos?- comiendo- casi perros- de la mano.
Son largos como un muslo y anchos, algunos,
como un brazo musculado. Coloreados
como en la infancia, crudos, suben
a la superficie donde aluden, por pedazos,
al interior de un cuerpo humano imaginado.
No hay manos pero sí ojos, una boca
perfectamente circular, como cedazo,
rígidos indicios de bigote a cada lado.
¿Un torso desmembrado o miembros
de la misma cosa? Tejido policromado,
conectivo, conectado. La manera de mirar
y la manera de ventosa, obscena, de la boca
el tamaño –yo diría, colosal- y la evidencia
brutal de los colores contra el agua parda
son dignos de admirar: un bagre bello, grande
y envidiable en colorido, en el estanque
hasta sociable en el encuadre de un verde japonés
que no es de estampa, sino de vida. Pero hay trampa
y paseo bajo sombrillas. Atraída, algo en la escena
me fastidia: ¿el oooh de esa boca admirativa?
Una vaga aprensión –tibia, lasciva- por el aspecto
de la imaginación que mira y ve, escenográfica, sombría,
una región de miembros descuartizados. Se diría
la zona –atea- de la porfía, que junto al agua
imagina su propia anulación. Yo deseaba
un canto de sirena entre los peces, las heces
del pasado, la sanción y hacerme a un lado.
Fue una pena. No conviven el deseo y la inocencia
de lo deseado, que dejaba que desear. Entre tanto,
me ha dejado pasear.



      Anonimato


Presenta el presente, el pasado
perdona, y aquí vienen las gentes
a olvidar: nieve de la memoria, llave
del nombre que se lleve mientras la nieve
cae en otro lugar, poniendo blancos en el cuento
que mi abuela judía me contaba, atenta a la estela
de verdad que recordaba, a la luz de la lámpara
del centro  de su hogar: el centro de Europa,
decía, y Franz Josef el último Kaiser
-“tan apuesto y bien plantado la vez
que yo lo vi”-, y su hermano Karl
que disipaba su vida real ya disipada
por la efímera estatura geográfica.
El imperio Austrohúngaro

donde nacieron mis abuelos no duraba,
y perdieron una guerra peor contra sí mismos,
que resultaron muertos sin conquistarse. La aldea
de la abuela, por fin, fue un blanco ghetto
dedicado a la labranza y su padre, David,
era el alcalde, un notable. “-Pero, ¿qué es
el judío, en el mejor de los casos? Nada más
que un entremetido, con frecuencia
un entremetido supremo y maravilloso,
pero siempre un entremetido”, la mitad
de un origen que labra motivos
para pensar. Referido al caso,
hubo la nieve en mitad del frente
ruso, tifoidea, disentería,

nacimientos helados bajo el fuego
de la guerra en la memoria de Sarah,
cerradas corolas que se abrían con cada
palabra, y la vida cotidiana, ahora rara,
-“Mi finada mamá todo los años repintaba
los frisos gloriosos de la cocina” como si la casa
fuera un reino, un rumbo, un nido a la distancia,
el nudo en que mi padre, destetado de emergencia
en la posguerra, curado con jarabe de rosas
del catarro y mudado sobre el mar por la necesidad
y la ruina de un imperio que caía derrumbándose
sobre su casa, se antedijo a sí mismo
en este año, sesenta y dos después

diciendo kaddish sin saber en el ausente
entierro de mi abuela muerta en el sur de América
del Sur, convertida a mis ojos en soberbia idea
del origen, y más lejos todavía de ella misma
que de Europa y de su centro, que a esa altura
también era una idea. Desposesión, delirio
y fuego del delirio en el corazón que deja
a un lado el lugar de donde viene el nombre,
y del otro lado hacia dónde va trazando
imposibles biografías en el génesis de lo real,
y el prisma de la luz y las facetas del sentido.
Desconfío. ¡Qué demora intrincada de la mente,
que miente lo que ve y que inventa lo perdido!
Suena, inevitable, otra campanada en el reloj

de la sala, perfumada por el tiempo
y el cierzo de las horas. “La vida contemplativa,
mi querida Nora, no es más que un esfuerzo para
ocultar el cuerpo de manera que no aparezcan
los pies”, una ceguera que tal vez haría inútil
emprender carrera contra el viento de la historia
y la memoria que no ceja. Lo siento, deshilvano
con todo este bullir entre las flores, mas el nudo
del ovillo ha de estar en cierto lado que no eluda
el revuelo del nombre ni el brillo caído
del pasado. La prolijidad de la mano
y de la mente busca razones de estar
presente en toda suerte o de burlarse
de su propia reja.  De aquí en más,

el sueño marcado, el cuerpo
que combate lo escrito sobre el agua
que se aleja.