domingo, 26 de agosto de 2012

Hugo Padeletti



       Une saison en enfer



Encuentro mucho que admirar (abrupta
belleza
                   por lo pronto) y aún
mucho para integrar (esa insolencia
         de lo drástico) en formación
                   volcánica.

                   Algo, por ejemplo,
como el pájaro vivo
         en la caja del áspid o la escueta
                   confesión policial:
-Tuve que violarla.
         Desde ya no se trata
                   de catedrales sumergidas.

Es el caso más bien, entre otras cosas,
         de las reses colgadas
                   (aunque claro, con cruda complacencia)
en el mercado.
         De la dura y tenaz constatación



      Homo homini lupus



de que la historia es necesaria. Nada
         de sepultureros blanqueados.
                   ¿No es lo opuesto (hasta huele
mal)
         del jardín de la infanta.
                   de toda (¿hay que decirlo?)
esa sublime voluptuosidad (delicuescencia
         de la rosa)
                   bajo los párpados?

                   Donde el aire
se ratifica, la directa
         explosión animal
                   tiene la revelación de la cosa.
Y tiene la forma
         de la explosión, tan




      Nada deseo sino ser



la penetración de este espacio
todavía. La araña
no es meramente la araña. La hoja

del banano, traslúcida, también
lo es. Y la roldana
que chirría.

Alrededor se engríe el ir a nada
de todo, la ceguera
del corazón,

el ocio y el negocio
de la vida.
No esta colma. Si a veces

el polvo se estremece,
solamente contemplo cómo vuelve,
de suyo, a mi reposos.



        Sube el gato hasta el techo

a Jorge Fondebrider
y halla gatos. ¡Laurel,
escarmiento de los poetas!
Dejar el gato abajo y escalar
el techo de la noche. Los gatos
no son alpinistas.

                   ¡Oh noche,
pensamiento callado,
oh noche de la noche,
                   pensamiento
no pensado!


Dice el gato a la noche:
                            -¡Oh Pensamiento,
piensa, en mí,
cuando no pienso!




      Peter Walsh

Virginia Wolf
                            Pocas cartas
y extrañamente insulsas .
                                      Eran
sus dichos
lo que quedaba en la memoria.
                                               -¿Meditando
entre legumbres?
                            (¿era así?)
o
         -prefiero la gente a
las coliflores?
¿Y aquella sobremesa
sobre fantasmas?
                            -Si creyera en fantasmas
(se rió)

                   no podría dormir.
Andan siempre alrededor de mi cama
Sin embargo,
lo inquietante no es eso.
Es esto, ahora, allí:
la palmera viva en su calma.

En una conferencia
metafísica,
comentó (no diré
que sonara oportuno):
                                      -La genciana es amarga.
No recuerdo
sus últimas palabras;
                            me cegó
su destello.

                   Fue una flecha
de inteligencia, de calor.
                                      Se fundieron
dos mundos.
                   Un trocito
de papel
que flotaba en el agua
fue tocado un instante por un rayo
de sol.

                   Su esplendor
(era forma, belleza, revelación, dolor)
me marcó para siempre.

Como el brusco destemple
de Peter Walsh,
la genciana es amarga.

“Tras los disparos de la risa”,

descontento de mí mismo,
quemo tiempo y espacio
con una herida.

                   Mis astillas
atacan el punto
radiante, el eje
trabado:
                   la pulpa
se tritura, el carozo

se pudre, la pepita
desafía el dolor. No hay un camino
más trillado ni parece

que acabe mal. El oro
permanece,
la chatarra se cae.