jueves, 30 de agosto de 2012

Rubén Reches


MORIBUNDO: antes que vengan a coser tus párpados,
antes que el falso nudo se deshaga en el pañuelo
y que las ondas desaparezcan del agua,
querés repetirte con fuerza –como quien memoriza-
el nombre del lugar en donde estuviste y del que te vas.

Pero ya no lográs saber qué fue esa zona
que vos creías tan imperial y populosa
como el país de nada del que, aún viajando, siempre sos ciudadano.
Ante tus ojos ya más de carne que de vidrio
tu única migración se ha reducido a una palabras empobrecidas y a una pieza.

Ahora que vienen  a coser tus párpados
podés correr a gusto por toda la tierra de tu memoria
pero no te basta eso para determinar qué fue esa luz que te parecía sola e
         infinita,
qué esas estrellas, ese humo, esas dos manos tuyas,
qué ese acordeón y esa madre.
Ahora te parece posible encerrar a toda aquella variedad en un frasco;
ahora te parece que podrías ver todos los mares,
todos los árboles y las fiestas
a través de un solo orificio del diámetro de un clavo
practicado en tu tumba.

Pero igual querés gritar una vez el nombre de la gota de la que empezás a caer,
por un desafío parecido al que hincha las venas
del hombre de nuez y de brazos desnudos,
de pie en ese arrabal de esfera,
que vocifera y vence a otros con palabras;
pero no podés, no podés, moribundo.

Incluso ahora que estés muerto, cuando vuelvas
a tu larga costumbre de no ser nada,
en el instante luego del último punto dado a tus párpados,
recordarás, sí, cada uno de tus milenios idos
y tendrás la exacta clarividencia de todo tu inagotable porvenir,
pero este episodio ínfimo de luz del pasado se borrará.
Y no vas a gritar el nombre de la pintada selva
que –última lágrima o frutas inmensas- todavía pende de tus párpados,
ni te erguirás para el rasguño inesperado al cielo,
en tanto que lo que no sabés nombrar se arranca pausadamente de vos,
desprende de toda tu piel un ala,
y ya no temés que la mariposa está naciendo,
ya ni la querés nombrar,
ya no sabés, no sabés qué dejás, qué se te va, moribundo.

1981






MIRO torvamente al cielo y te cubro
como un mendigo sus fósforos y su botella,
tiempo nuestro,
bosque resplandeciente del que la luz parece ya no querer huir,
precisa suma de las manos
que sin cesar trasladan agua y fuego entre tus árboles,
de los rostros que, entre tus paredes de casa infinita,
sueltan sin tregua músicas y bruma
-todos al fin y al cabo amables cántaros que sólo crecen fuera de la tierra,
que sólo sobre la tierra dan pupilas-,
amada caja de contables brillos y oscuridades,
jardín del instante en donde hay viejos y niños y mujeres con las que hacer sal,
luz, luz que rueda y que desnuda
o luz de las lámpara más amiga de la voz,
tiempo nuestro, solamente nuestro,
tus costumbres son la únicas justas,
tus ciudades los supremos cofres,
tus piedras las más mudas y grises.
Jamás el universo se hallará mejor que hoy
ni el sol pesará tan dulcemente sobre la tierra
ni la madera estuvo así a punto de hablar
ni duraron tanto las mariposas.
Sólo tu barro se habrá sabido negro,
sólo tus árboles habrán oído pisadas.
Ningún pájaro volará más ágilmente que esta lluvia
y ningún muerto pensó más que esta sombra.
El débil país de todas tus palabras,
que no circunda de ningún rumor a la tierra,
hace como los otros que encendían fósforos
contra el silencio voraz y eterno,
pero se ilumina sólo además con el viento.
Por vientos y perfumes y animales desvelados
siempre harán saber las noches más oscuras
que en su sótano frutas penden de ramas,
pero sólo de la tuya  se habrá contado que bajó
ella misma junto a quien se confundía y asustaba
a avisarle. “¡Calma! ¡No somos los siglos esfumados!”
“¿Aquí palpo los volúmenes de oro!”




. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pero nadie prepara tu defensa.
Tus vigías mendigos miran más de un instante al cielo y se duermen;
y se despiertan con la pereza de quien ha hablado con Alguien
que ya marchó sobre la hierba que cubrirá tus ciudades,
que oyó ruidos de insecto, tesoro que vas cayendo al pozo,
de cuando ya no haya pirata que te desentierre.

1980






LAS NOCHES DE LA CASA  en donde la madre y el padre jóvenes ajetrean, dan la comida y los cuentos, huelen a remotas, son del pasado. Horas presentes en el pasado, ya al hacerse están disueltas en la memoria de los hijos crecidos, viejos ya. Son más patentes que los recuerdos, y los cuerpos pueden ir y venir en ellas, pero no tienen ni el clamor ni la condición de cumbre del presente. Están abajo.
         Como un compendio de todo lo que los padres ya saben, la esencia contradictoria de la vida brilla entera en esos lapsos de una cena y el acostarse. La felicidad más astral y veloz irrumpe cada tanto en el cansancio dolorido de los cuerpos. En las lamas adultas conviven el pozo siempre mal cegado de la renuncia y la fuerza de haber elegido y construir. El padre de a ratos se encierra en otra pieza a librarse verdaderos sollozos. Esos sollozos en esa pieza no están en el pasado. Vuelve y todavía siente impulsos de quebrarse la cabeza contra el filo de la puerta. Eso no lo sabrán jamás los chicos, no es de esas horas singulares, eso le viene al padre del pasado banal, del grande en donde se le están callando voces. De esas noches quedarán para los chicos la tibieza, la nostalgia, la fuerza.




ENTRA AL CAFÉ iluminado y grande como el salón de fiestas de un barco. Encuentra a sus amigos alrededor de una mesa demasiado estrecha, apiñados en desorden tal como los fue reuniendo el azar de la noche del domingo. Apenas terminan los saludos, se apodera de la palabra. Habla fuerte, refuta con facilidad y lanza datos, argumentos y noticias de última hora con una vivacidad y una memoria asombrosas. Poco a poco el resto se limita a escucharlo, a reír en voz alta de sus bromas más mordaces. De pronto, el recién llegado se descubre una mancha blanca de polvo en una rodillera del pantalón. No se limpia, pero no quiere que nadie se la vea y la esconde hundiendo la pierna debajo de la mesa.
         Esta mañana estuvo en el cementerio. Se sentó en una tumba, arañó la tierra, se le mojaron de lágrimas las manos y se pegó puñetazos en los muslos. Después, peinándose, empezó a caminar despacio hacia la parada del colectivo.
         Ahora, sentado en un local del centro de una ciudad inmensa que dispersó sus cementerios por las lejanas periferias, piensa que nadie en ese café de los vivos imaginaría que con él entro allí un poco de tumba.
         Cegado por el orgullo que al adolescente da el dolor, cree que haber traído una siembra de muerte adonde los elegantes clamorean o se acurrucan le da vejez y algo ya de la ciencia de los ancianos y los moribundos. ¡Y ni siquiera advirtió aún cuántas de las suelas que pisan cada día el centro de la ciudad luminosa tiene pegado pedregullo de cementerio!






Usina de la oscuridad, placita Almagro:
del alma de tus árboles brotaba el fluído sombrío
y el brillo negro de tu bebedero
repercutía en los miles de resplandores de la ciudad desvanecida.
Con ayuda de tu tierra, tu césped engendraba el espíritu verde del sueño
y no había lámpara o palabra
que no se encendiese al tironeo de tu gasa nocturna.
Proveías en noche a la enorme ciudad,
y por tus árboles y por tu tierra
la noche de la ciudad olía a busque, a placita.
Los que sabíamos el secreto íbamos a buscar oscuridad en vos:
cuidándonos de no beberlas, hundíamos la cara y las manos en tus sombras,
y, con las cejas goteando noche, te dejábamos para darnos al fuego y a la
         amistad.
¡Placita hoy malherida!
Un sol te clavó todas sus armas de luz.
Te cercó una mañana falsa agotando tus depósitos,
¡Te atacó un sol, un sol desprendido del otro
a la altura del mediodía, y que se quedó en el cielo hasta vencerte!

Ya no sirve ni trabaja tu sombra;
pero tu árboles y tu césped persisten ciegos en su respiración
y es, entre los escombros, una tos muy débil,
un sonido triste de vacíos instintos.

1977