domingo, 26 de agosto de 2012

Jorge Ricardo Aulicino




      Billy The Kid


Sucede que en un pueblo de provincia,
cubierto de polvo y trasparente contra la luz
del ocaso
Billy The Kid bebe un tequila interminable
corroído por el tequila y la intemperie
que ha entrado a saco en la cantina
con olor a lluvia y un insólito olor a madréporas
y algas
Billy The Kid suele hablar con viejos tripulantes
del Empire Star, cuyo huesos
blanquea el mediodía de México
y sólo él sabe por qué el orgullo naval de Gran Bretaña
yace bajo la arena inquieta y el grito de los lobos.

Billy abrazado a las caderas de la muerte
en un reservado de empapelado roto
conoció el secreto de la congoja del mundo
lánguido e indolente cabalgó entre los riscos
repartiendo balazos como pan a los pobres
y no paró a meditar ni un momento
puesto que no necesitaba meditar sobre sus codos
aquel que abrazó las caderas de la muerte
y pagó por su amor dos dólares de plata
Y aquel que aprendió el secreto de la congoja del mundo
no puede menos que deambular entre el peligro
y el whisky con cierta parsimonia
jugarse la vida y doblar siempre la apuesta.

Así Billy The Kid sucio de mujeres
y de las taciturnas noches del desierto
del hollín de las fogatas que el demonio
enciende en el salitre
cabalga por las provincias donde el sueño
reina todavía
con su Smith & Wesson temblorosa
y la nuca roída por los cuervos
En un pueblo de provincia
en la cantina donde alguna vez cantaron
los ajos los pimientos los duros pezones mexicanos
y ahora sólo cantan
los marineros del Empire Star ebrios de viento
Billy bebe tequila para siempre
sus ojos sin párpados alumbran la fiesta
de fantasmas
cuándo vamos a despertar Billy no sabe
no se pregunta nada contra la luz del ocaso.



      Testamento de Yánez


no a través del dolor
se llega a la lucidez, el pánico
la esperanza
sino a la inversa

había habitado en otro mundo
el de los melancólicos, el de
los aventureros



         Documental


Los biólogos empeñados en repoblar de tortugas
las costas de Bermudas descubrieron
que los bebés de las tortugas
necesitan cruzar por sus torpes medios
la playa del mar en el que se internan para crecer.
Observaron que de no cumplir esa travesía
no volverían al mar, maduros ya, y
fuertes de navegaciones. Pero
las playas de Bermudas están infestadas de cangrejos
prodigiosamente blancos y feroces
en cuyas pinzas perecen algunos bebés tortuga
como tributo al medio atroz donde nacieron.
Los cangrejos tal vez pueblan en exceso las playas
pero los biólogos lanzan a los bebés a horas tempranas
cuando el sol no despierta a los cangrejos.
Es más que un acto de piedad burlar el sueño de las bestias.



        Pesca de altura


Es preocupante esta sigilosa gota
de sombra en la bañadera.
Mucho más golpea el abismo aquí
que en la profundidad del mar donde
la luz de los submarinos rasga la penumbra
sólo para verificar el dominio absoluto
de la noche.
El abismo insondable asusta a los tripulantes
pero la luz de la cabina los conforta.
En la bañadera no hay refugio posible.

 

        Habeas corpus


Un cuerpo muere y estira su mano
(¿hacia un océano dorado, un invierno violáceo?;
nadie lo sabe ni lo ve)
Un pintor puede pintar la mano de Rembrandt sobre la sábana
pero no la agonía del cuerpo entre sus columnas de obsidiana.
El cuerpo no se ve.
Ni con los ojos de la mente ni
con los ojos de la piel.
Nadie pinta en realidad un cuerpo.
Se ha pintado espuma en los ojos del que muere,
lo entrevisto en el alba;
hipótesis, en todo caso, sobre el cuerpo.