domingo, 26 de agosto de 2012

Rafael Felipe Oteriño



      Líneas de la mano


Líneas de la mano, líneas de la vida,
puntos cardinales extraviados en la piel,
les ruego que no digan toda la verdad:
si la vida será corta en extremo
afirmen que la mirada miente
y que una lectura más atenta
podría revelar
cuánto recorrerán los pies,
cuánto rogarán los labios todavía.




       El canto de las sirenas


Lo que estaba abajo lo hemos llevado arriba,
lo que yacía en sombras se oculta en resplandor,
En invierno expulsamos el frío
y en verano lo forzamos a entrar.
Tanto amamos los cuartos que se abren
como la llave que los clausura.

Vamos, venimos, no callamos nunca.
¿Alguien llama cuando estamos por partir?
Una lágrima a punto de caer se cristaliza
y en su interior renace el pabilo de la culpa.

Si algún día el invierno cesara, oiríamos
claramente: el canto de las sirenas
fue veneno en las islas; lo demás,
transformaciones, infracciones, oraciones.



         Un paso, el mundo


No hay más que dar un paso, para que atrás queden, como fantasmas vacíos,
escaleras, geranios, botas de abrigo, el barco de los antepasados
colgado de una biblioteca que ahora es cuarto de sueños.
Todo despierto, todo quieto, todo armoniosamente suspendido
en el instante justo en que cerramos la puerta hasta el fin del mundo.
Y ya no hay artistas demasiado precisas como para asegurar
que ahora es hoy, que ahora es mañana. ¿Quién sabe?, ¿quién lo sabe?.
Es la misma pasión, pero demudada, libre, transparente, en la boca
inmemorial
de una calle cualquiera.
Y aunque un hambre abrasador nos empuje siempre más allá,
esos objetos vuelven, nos retrotraen a una danza macabra
en la que estamos solos,
no adentro sino afuera de esas paredes, de esos cuartos, de es ciudad
desordenada y hermosa como una feria.
Porque nada se pierde: la memoria se aferra a lo que tiene a mano,
crecen garras, se estiran lianas, y el mundo comienza a hablar
con patas de gaviota. Lo nuevo, siempre lo nuevo,
y un solo hilo común: yo, el uno mismo, el tronco común atravesado por
navajazos
de los que sólo se recuerda la inscripción de amor: un cuadro, el ángulo
de una pared, una silla, la teja por donde gotea una lluvia finísima,
intermitente, el tiempo, en fin, ese irse, ese mudarse, ese partir.



         Con esta mano


Con esta mano, hecha de piel, de huesos, de repetidos naufragios, de
sospechas,
acaricié a un niño, corté una flores, saludé, dije “adiós”.
Levanté ciudades de hierro, de cal, de pétalos, de humo,
y habité en ellas como se habita la sombra de una estrella:
con hierro, con cal, con pétalos, con humo.
Me cubrí del sol, de la lluvia, de los malos pensamientos, de la desidia,
e inventé la mañana y, cada mañana, el sol.
Recogí una piedra, le dije: “tú eres mi reino, mi altar, mi zafiro;
contigo yo conversaré”.
Pulsé la rama frágil de la belleza, que es verdad y sueño,
pero que, unida ala amor, es más que verdad y sueño.
Crucé un río, avancé, y estando colmado me sentí vacío,
y estando vacío sentí la plenitud del vacío: la copa llena.
Hice un pozo en la tierra: lo llené de imposibilidad.
Abrí cajones cubiertos de polvo, arrastré una valija, palpé en la oscuridad
una puerta que no estaba.
Dibujé una nube, la llamé: Ley, Oriente, Montaña.
Toqué un pez, toque una rosa: eran iguales y distintos, en los dos cabía un
         alma.
Me busqué en paraísos reales o soñados,
y cuando al fin me encontré, era yo el viajero y era yo el término del viaje.
Disparé un arma: la herida fue borrada por los años,
pero hay una herida que no se borró y canta muy alto en la noche.
Acaricié el lomo de un caballo, tapé el horizonte para que no hubiera más
         distancia,
ni tempestad, ni herida.
Y nunca dejó de ser mano: una parte de mí, la más débil,
capaz de esconder y de esconderse, de negar y de negarse;
la que habla aunque yo esté dormido,
la que nunca duerme y danza como Narciso.
Porque sus huellas están aquí y allá: en la silla, en la mesa,
en todas las puertas, en la hoja donde escribo, en la piel que acaricio,
en la claridad, en la oscuridad.
Y no hay agua que borre tantas huellas,
ni noche, ni tempestad, ni herida.
-Oh Dios, que haya un cielo para esta mano.
Hice innumerables viajes,
ninguno tan abrupto y largo, tan intenso,
como el que inicié con ella
quemando ramitas en el bosque.
Con esta mano, lo único que tengo.



       Ahab: penúltimo día de navegación


La busqué debajo del volcán, y no estaba.
La busqué en la música del café triste
y se perdía entre las últimas estrellas.
Pregunté por ella al final de la noche
y siempre estaba más allá,
a la sombra del océano rojo.

Ahora la encuentro lejos de la orilla,
flotando en el horizonte como esos cuerpos
que el mar devuelve en día,
repitiéndome en cada de ola:
         “aquí siempre me encontrarás,
aquí siempre me encontrarás,
         hilando la luz fina del día cambiante,
siempre a la altura de tus ojos”.