domingo, 26 de agosto de 2012

Miguel Angel Bustos




     Los patios del tigre


         Fueron siempre  los pájaros los que anduvieron en los patios de mi infancia.
         A la claridad del canario se sumó, el gritito entrecortado del calafate, el vuelo diminuto de los bengalíes. algún mono hubo, pero fue efímero.
         Agregaba mi abuelo a la magia reinante sus oros de Gran Maestro. Sus libros que, de a poco, fueron siendo mis pájaros.
         Un tío viajó y en una gran jaula trajo un tigre. Lo aseguraron a una cadena y esperaron que lo viera.
         Su garganta me llamó, aparecí.
El espanto y la maravilla me helaron.
         Desde ese día los patios dejaron de ser tales. Fueron selvas de mármol y mosaicos gastados en donde el terror habitaba.

Era feliz. Tocaba el misterio a diario y no desaparecía. Me acostumbre  ávidamente a lo extraño.
         Cuando alguien ordenó su encierro en el Zoológico, lloré.
         Entonces comenzaron mis fugaces visitas; temblaba cerca de su jaula. Su rugido era música tristísima  para mí. Le imploraba a su memoria de fiera el recuerdo.
         El día que me fui a despedir de él para siempre me olió, detuvo su andar en círculo. Una sombra humana le cruzó la mirada. Intenté tocarlo. El griterío prudente me clavó en el piso.
         Pensé un adiós, suavemente me marché. Más tarde supe de su muerte. Su carne fantástica se juntó en el polvo a otras carnes.

         He crecido. Guardo de mi infancia sus huesos en mi alma, los libros en mi sangre.
         Pero cuando llegue el fin y me miren los ojos que aún no he visto, pienso que será el tigre incierto de la locura el que me lleve tanteando a la nada, aquel tigre de titubeo y delirio del suicidio que en su boca me ahogará clamando.
         O tal vez mi viejo tigre, rayado por la piedad, quiera devorarme como a un niño.


..........

Quiero ser eterno como si aún no hubiera nacido.

Son las doce en el aire y en mi corazón. Es la medianoche helada de mi sangre.

¿Quién me quita la vida como una camisa sudada y sangrienta?

Tigre, áspera reja de la terrible sombra.

Mario está enfermo muy raro. Sobre cráneo de espuma carne de niebla.

Cuando el tigre ruge, el aire con nostalgia llama al huracán.

Todo pez enmudece el agua que lo oprime.

Quisiera morir de noche, bajo las aguas heladas de las Galaxias lejanas.



   


        Elegía del tiempo final


         Siento las flores arder saltar en llamas el río y mi corazón es un pájaro herido por un mar sin límites.
         Mis manos en cruz mi alma con su boca de mil siglos profecía acostada a mi lado ojos húmedos cuerpo niño, oye la selva romperse.
         Quiero que el alba última sea un ojo abierto por mis uñas para que se alce dulcísima de pechos salvajes la luz del sueño sin tiempo.



       Alquimia del odio


Aún suenan los lirios minerales de dos cuchillos en la noche. En el centenario baldío cara al río animal, pelean blasfemias olvidadas.
         La sangre ausente, sólo hilos de óxido vuelan en la maleza y las latas. Muertos hace decenas de años en lúgubres conventillos entre sábanas adheridas como sudarios, los cuchilleros son número oculto, niebla de cristal en la piedra rayada por la luna.
         Los puñales siguen por tiempo y tiempo un odio de engranajes infinitos en busca de entrañas que ya no tiemblan, de corazones en cúpulas de polvo.



      La oveja Celestial


Ha nevado madre.
No, no es nieve. Han trasquilado a las ovejas, eso es lana.
Se han llevado la nieve. Ha muerto la oveja celestial.
¿Lloro?