Porto dos ossos
La
angustia del amor te apriétala garganta
como si nunca más fueras a ser
amado.
Apollinaire
¿Pero
cómo se hará de noche si la sombra
no
sabe qué hacer contra el pulido
azul
de la bahía?
Los
cascos de los barcos ya están negros
y
el cielo rayado de mástiles negros
y
el agua todavía resplandece.
En
el bar, siluetas
que
la tarde cortó de su papel plateado
toman
whisky y murmuran
en
media docena de lenguas. Y tu botella
se
va poniendo igual a todas las botellas;
ya
no es posible leer las etiquetas.
¿Pero
cómo se hará de noche
si
la noche vacila
ante
el escudo azul de la bahía?
Alguien
tal vez venga nadando
de
los barcos, y por la estela negra
que
dejen sus brazadas invisibles
ente
la noche al mar. Entonces sí,
será
de noche y se habrá abierto
la
mano que en un puño tu corazón tenía.
Eclipse
de luna
Sueldan
un casco dado vuelta en la playa,
la
noche se organiza a partir de las chispas.
A
rachas, va subiendo la sombra
a
las altas terrazas: cuando llega
se
encienden focos rojos, celestes, amarillos:
son
hileras de puntos suspensivos
que
reemplazan en el curso del tiempo
un
fragmento omitido.
Allá
en la luz escasa que filtran los faroles
pasaremos
la noche, librados
de
la edad, del rostro, del lenguaje.
Vendrá
el eclipse al cielo,
el
viento a la silueta del espino;
vendrá
el vino a los vasos que esperan
boca
abajo en las mesas tendidas
entre
negras montañas. Negro contra negro
e
inofensivos puntos de colores.
Pero
en la playa seguirán zumbando
eléctricas
estrellas que no sabrán durar:
vibra
el arco del soplete
y
sus chispas heladas bastan
para
hacernos triviales, pasajeros.
Lo que mantiene despierto al extranjero
El
aire es amargo en el túnel del Metro
y
tedioso –el miedo solamente, y la certeza,
aunque
no estuvo en casa, de que nadie
lo
llamó esa tarde, y la fría
imaginación
de lo que es el miedo
a
la que a veces la mente se asoma
como
si jugara: estas cosas
mantienen
despierto al extranjero.
Arte poética
“a
Isabelle, cette mirabelle”
Manet,
junto a una acuarela, en una
carta a
Isabelle Lemmonier.
“La
gente –dice Saint Victor-
se
arremolina ante el Olimpia como ante las puertas de la morgue”:
“El
tono de la carne es sucio, la modelo, nula” dice Téophile Gautier.
“Esta
pelirroja es de una estolidez completa –dice Félix Dérige-;
su
cara es estúpida, su piel cadavérica. Y un revoltijo de colores-disparate
gira
en torno a ella como infortunados satélites de un planeta muerto.”
“Nunca
habíamos visto –dice Saint Victor- un lecho tan obsceno
donde
hasta las sábanas parecen animales enfermos.”
Acerca
del retrato de Madame y Monseniur Manet, escribe Leon Lagrange:
“los
señores M... seguramente han maldecido más de una vez el día
en
que pusieron un pincel en las manos
de
este retratista sin entrañas”.
Ante
el cuadro del bebedor de ajenjo, su ex maestro Coutourer:
“Manet,
es un bebedor él mismo; sólo uno que ha bebido demasiado,
estando,
por otra parte, loco antes de empezar,
puede
pintar una insanidad semejante.”
“El
señor Manet -dice Huysmans-
se
ha entretenido pintando el mundo violeta;
la
noticia, lo sé, mis queridos lectores, es poco interesante.”
“¿Quién
ha pintado esto? ¿Con qué objeto?
¿Acaso
este señor cree seriamente que su torero muerto
está
muerto? ¿Acaso la muerte puede hasta tal punto
carecer
de sentido? ¿Qué cosa es, entonces, la vida?”
“¿Manet?
Un aficionado, escribe Huysmans, a mediados de 1870,
en
el Monito Universal.
“Miré
–dice Lagrange- a esta perversa,
desgarbada
Lola de Valencia
buscando
alguna chispa de humanidad,
de
humana inteligencia en sus ojos, pero ella
miraba
inexorable hacia otro sitio:
adelantaba
un pie, dejaba atrás el otro
y
eso era todo ¡todo!”