domingo, 26 de agosto de 2012

Daniel Saimolovich




          Porto dos ossos


                   La angustia del amor te apriétala garganta
               como si nunca más fueras a ser amado.
            Apollinaire


¿Pero cómo se hará de noche si la sombra
no sabe qué hacer contra el pulido
azul de la bahía?
Los cascos de los barcos ya están negros
y el cielo rayado de mástiles negros
y el agua todavía resplandece.
En el bar, siluetas
que la tarde cortó de su papel plateado
toman whisky y murmuran
en media docena de lenguas. Y tu botella
se va poniendo igual a todas las botellas;
ya no es posible leer las etiquetas.
¿Pero cómo se hará de noche
si la noche vacila
ante el escudo azul de la bahía?
Alguien tal vez venga nadando
de los barcos, y por la estela negra
que dejen sus brazadas invisibles
ente la noche al mar. Entonces sí,
será de noche y se habrá abierto
la mano que en un puño tu corazón tenía.



         Eclipse de luna


Sueldan un casco dado vuelta en la playa,
la noche se organiza a partir de las chispas.
A rachas, va subiendo la sombra
a las altas terrazas: cuando llega
se encienden focos rojos, celestes, amarillos:
son hileras de puntos suspensivos
que reemplazan en el curso del tiempo
un fragmento omitido.
Allá en la luz escasa que filtran los faroles
pasaremos la noche, librados
de la edad, del rostro, del lenguaje.
Vendrá el eclipse al cielo,
el viento a la silueta del espino;
vendrá el vino a los vasos que esperan
boca abajo en las mesas tendidas
entre negras montañas. Negro contra negro
e inofensivos puntos de colores.
Pero en la playa seguirán zumbando
eléctricas estrellas que no sabrán durar:
vibra el arco del soplete
y sus chispas heladas bastan
para hacernos triviales, pasajeros.




       Lo que mantiene despierto al extranjero



El aire es amargo en el túnel del Metro
y tedioso –el miedo solamente, y la certeza,
aunque no estuvo en casa, de que nadie
lo llamó esa tarde, y la fría
imaginación de lo que es el miedo
a la que a veces la mente se asoma
como si jugara: estas cosas
mantienen despierto al extranjero.



          Arte poética

“a Isabelle, cette mirabelle”
Manet, junto a una acuarela, en una
carta a Isabelle Lemmonier.


“La gente –dice Saint Victor-
se arremolina ante el Olimpia como ante las puertas de la morgue”:
“El tono de la carne es sucio, la modelo, nula” dice Téophile Gautier.
“Esta pelirroja es de una estolidez completa –dice Félix Dérige-;
su cara es estúpida, su piel cadavérica. Y un revoltijo de colores-disparate
gira en torno a ella como infortunados satélites de un planeta muerto.”
“Nunca habíamos visto –dice Saint Victor- un lecho tan obsceno
donde hasta las sábanas parecen animales enfermos.”
Acerca del retrato de Madame y Monseniur Manet, escribe Leon Lagrange:
“los señores M... seguramente han maldecido más de una vez el día
en que pusieron un pincel en las manos
de este retratista sin entrañas”.
Ante el cuadro del bebedor de ajenjo, su ex maestro Coutourer:
“Manet, es un bebedor él mismo; sólo uno que ha bebido demasiado,
estando, por otra parte,  loco antes de empezar,
puede pintar una insanidad semejante.”
“El señor Manet  -dice Huysmans-
se ha entretenido pintando el mundo violeta;
la noticia, lo sé, mis queridos lectores, es poco interesante.”
“¿Quién ha pintado esto? ¿Con qué objeto?
¿Acaso este señor cree seriamente que su torero muerto
está muerto? ¿Acaso la muerte puede hasta tal punto
carecer de sentido? ¿Qué cosa es, entonces, la vida?”
“¿Manet? Un aficionado, escribe Huysmans, a mediados de 1870,
en el Monito Universal.
“Miré –dice Lagrange- a esta perversa,
desgarbada Lola de Valencia
buscando alguna chispa de humanidad,
de humana inteligencia en sus ojos, pero ella
miraba inexorable hacia otro sitio:
adelantaba un pie, dejaba atrás el otro
y eso era todo ¡todo!”